EL MONTAÑES Y EL GATO
EL MONTAÑES Y EL GATO
Un montañés, morrudo, fuerte,
capaz de derribar un árbol con tres o cuatro hachazos. Serio, seco, de poco
diálogo, de pensamiento y convicciones firmes.Estaba en el bosque con su
herramienta y su fuerza, peleando con ese árbol que se resistía caer…y refunfuñaba
en voz alta, donde sólo las paredes de las montañas lo podían oír.-
¡Gatos!...Eso sí que no. ¡Gatos, no! …¡en mi casa nunca!...Son fríos,
independientes, escurridizos…. ¡No, gatos no!Me lo quieren comparar con los
perros, con mis perros, ¡tan obedientes, dóciles, compañeros, fieles!¿Dónde
vieron un gato que fuera fiel a sus dueños?Y así siguió hablando solo, toda la
mañana, hasta que derribó el árbol, parecía que en cada golpe afirmaba su
pensamiento.Llegó a su casa….tomó un poco de buen vino y se acomodó junto al
hogar.Las brasas del fuego daban calor y adormecían el entorno. El montañés se
quedó dormido.Su hijo entró, se acercó y lo vio tan fuerte, tan seguro, con sus
ronquidos que tronaban en toda la habitación, que no se animó a continuar con
su petición de tener un gato.El asunto se olvidó y así pasó el tiempo.Una
mañana, una fría mañana, más fría que las anteriores. ¡El invierno es bravo en
esa zona del sur!Alfonso, que así se llamaba el montañés, se levantó de
madrugada como todos los días y escuchó un sonido no habitual para sus
oídos.-¡Qué es? Un bebé o un...Ni lo quiso nombrar, corrió la cortina que
dejaba ver detrás del ventanal los restos de la nieve de la noche anterior…..No
veía a nadie…..Volvió a mirar y de pronto en la cerca, dos ojitos verdes
escondidos en un cuerpo peludo, negro, flaco y tiritando por el frío y el
miedo, repitió el grito desesperado, pidiendo auxilio.
Miauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu .
Los ojos verdes, miraron
fijamente los grandes ojos azules de Alfonso.Un cruce invisible se produjo, no
podía sacar los ojos de ese animalito, indefenso, muerto de hambre y de frío.
Sus convicciones parecían romperse como la nieve de los árboles al caer. Abrió
la puerta, casi como un impulso…parecía no pensar. Pero los ojitos verdes, al
verlo tan grande (nunca había visto a un humano)¡¡¡El susto fue más grande que
el hambre y de un salto desapareció!!!
Alfonso cerró la puerta, entró,
no podía sacarse esos ojitos, parecía como si lo hubieran hipnotizado...Tomó un
platito y le puso leche tibia…abrió la puerta y la dejó cerca de donde él había
estado. Sin que lo viera Alfonso espiaba por la ventana, ojitos verdes se
acercó y tomó la leche de un sorbo. ¡Tenía mucho hambre!
La ceremonia se repitió todos
los días, acercando el plato cada vez más a la casa.
Él devoraba el plato de leche y
miraba por la ventana buscando los ojos celestes del que cada mañana le
alcanzaba la comida.
Nadie sabía de este secreto de
amor mutuo que se estaba formando sin pensarlo.
Una mañana la puerta quedó
entreabierta y ojitos verdes conoció el calor que envolvía la casa…se deslizó
suavemente hasta el sillón donde Alfonso dormitaba y fumaba en pipa junto al
fuego…Lo miró y se acercó, acurrucándose entre las grandes botas y se quedó
dormido.
Ya nadie lo sacará de allí.
¡El milagro se había producido!
Ojitos verdes domesticó al
Montañés. Que comprendió que la independencia y la amistad pueden caminar
juntas.
Ángela María Rosa Leoni
10 de abril del 2008
Comentarios
Publicar un comentario